22.3.12
La caricia que logra filtrarse bajo las puertas para llegar hasta mí. Hay que arreglar todo ese asunto infame. Una silla. La desesperada. La esperada. Mentiras, yo espero, nadie me espera. Si me esperaran no llegaría jamás. Ansiedad de reencuentros enfermos. Proyecciones que parecen tan reales y luego, pensar un segundo, darme cuenta de que es un disparate, definitivamente debo haber perdido la cabeza en algún lugar, ya no me acompaña la razón ni la cordura, es evidente. Me pierdo en fantasías. Me pierdo en mí misma. Todas las noches la misma historia, mezclar, olvidar, callar, pensar y no pensar más. No deseo pensar más... Si todo lo que pienso son maravillas enfermizas e inalcanzables, lugares que no conozco, personas que me abandonan, muerte, salvación, rescate. ¿Quién me va a rescatar? Sólo yo puedo y no sé si lo deseo tanto. Las salidas fáciles siempre fueron mi desenlace oportuno. Tomo lo que me dan y lo transformo en la cuchilla más filosa. Tomo, sólo se tomar. ¿Qué estoy dando? ¿A quién? Yo sigo entera. Verdades. Cinismo. Soberbia, bia bia bla bla. Y desaparecer por un rato, desvanecerme bajo una especie de gigantografía mía que sonríe y todo muy bien, todo sigue muy bien, mejoras, empezar, comienzos, facultad, trabajo, amigos, principios. Yo sé muy bien lo que debería hacer. Sin embargo, no lo haré. No. Sacate la idea de lo que queda de tu cabeza. Vacío. Alguien me disparó probablemente, o me tiré abajo de un tren fantasma metafísico y vacío como yo. Pero eso es una mentira, yo estoy llena, muy llena. Cenizas y flores arrancadas de un tirón por un niño en la casa del vecino. Que nadie se entere. Sh.
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copos de azúcar