Un amor chiquito que se pliega y luego abre sus pétalos buscando un sol mezquino que no cumple sus tibias promesas. Manos que se tocan a través de las palabras no pronunciadas y perdidas en los días - tumbas. Y la suerte arrojada un río errante, un manto indivisible de letras inconexas y calidez de sábanas compartidas. Después existe un utópico instante de locura dulce, locura recatada de novela; ojos abiertos buscando llaves en el fondo del bolso, tanteanto el placer olvidado como se olvidan las efemérides sucias con polvo y los platos acumulándose en el rincón; unos nuevos ojos más rojos que ya no buscan más que cerrar sus propias puertas y así adelantar el tiempo, asesinar las horas.
Desprolijo ataque de control justificado, de consecuencia gravitatoria. Correr desesperada a soldar los agujeros por donde se escapan respuestas que son mías, que no deben ser de nadie más, que no entienden de las siempre consideradas e inútiles terapias de caricias y felicitaciones, con besos en la frente y dulces para después de cenar. Todo va a estar bien y en verdad no hay nada más perfecto que este desierto de segundos eternos.
El vacío de soñar sabiendo que nada es real y que aún después de despertar sigue reinando la ficción, la falsedad, que las palabras se fugan pero aún así la estufa se llama estufa y la noche otra vez va a caer quién sabe desde dónde, sabiendo todo esto que en verdad no es nada y para nada sirve, sabiendo que todo lo que no existe se repite y se te pega en la memoria como un chicle en el zapato, cambiando superficialmente las intenciones enmascaradas, redimiéndome entre llanto desprolijo y creyendo de verdad y profundamente en ese repentino entendimiento, ese gigantezco error que se traduce en nombres, en momentos. Y todo es parte de la ilusión de las decisiones tomadas, del saberme culpable. La desconfianza por las palabras que fluyen patéticas buscando un objetivo infantil y caprichoso. Más tarde darles su merecido reconocimiento en el hogar de la frialdad.
Quizás soltar, quizás un poco más de aire dentro de la habitación. Realmente no saber qué hacer, cómo hacerlo, qué rostro usar, cuál sonrisa esta vez y tal vea sea la última, tal vez yo sea el bicho raro que no debería estar aquí, que debería desaparecer y hundirse de una vez, autodeterminar mi exilio como un puñetazo en el estómago y eso que es negar, no ver, no oír, no pensar, no estar pero estando y a veces en el trance reconocer la famosa pérdida de tiempo, los famosos rostros de desprecio y lástima, y por qué no incertidumbre, la receta completa presentándose con la delicadeza habitual el sueño, el maldito sueño. El fin, el volver a empezar y las repeticiones inmundas.
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