7.7.11

Puede ser que no sea tu culpa después de todo.

Desde lejos yo podía ver la línea curva que se formaba con tu cuerpo escondiendo su completa identidad detrás de aquel árbol. No veía la expresión de tu rostro, pero bien podía imaginarla. Estarías sonriéndo: feliz de haber dejado aquello atrás, feliz de haberme dejado a mi con mis silencios y mis pies aferrados a este suelo seco.
Y esa felicidad que crecía con la lluvia y las palabras, era la misma que dentro de mí fallecía junto a las estrellas durmiendo en tus ojos lejanos. Soñaba despierta con un campo y dos cuerpos recostados uno al lado del otro, con miradas de frente al cielo desafiantes, con sonidos de alegría contenida. Soñaba y la realidad me golpeaba sin piedad. Me golpeaba más tarde y más fuerte la noción de que ahora creía en la realidad y que ahora creía en el amor y en una casa con jardín, en una mañana con tostadas y caricias amables, con un vos que se estiraba todavía fatigado en el borde de una cama limpia, con tu sonrisa siempre recién nacida de la luz y los pequeños primeros pasos.
En la distancia me quedaba inmóvil y tan inútil como siempre me hiciste sentir que era. Miraba tus manos aparecer y desaparecer, creando movimientos invisibles en el aire, ese mismo aire que despeinaba mi pelo y me daba la vida necesaria para correr y pedirte un perdón tardío. La vida que no me alcanzará jamás para perder el miedo arrasador.

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