Son segundos que asesino sin piedad y con ellos, reconozco una parte de mí que se desvanece para no despertar jamás. Perdiéndome bruscamente como un bloque de hielo bajo el mar, agresiva y débil ocultando la verdad oscura de lo que existe en vez de mí, de lo que inventé para no ser. Una máscara de hierro y un escudo oxidados. Un laberinto de ideas inconexas y de horas desperdiciadas, en silencio y sumergida en la soledad en la que muero y vivo a la vez.
Vivo porque siento y muero porque aquello que siento es dolor, sólo dolor. Cuchillas filosas que se disputan mis desmayos metafísicos, mis gritos ahogados en la inmensidad de los truenos que anuncian un final épico para esta historia sin comienzo. O tal vez sea nunca haber existido y encontrarme aún hoy siendo un susto lejano, una falsa alarma, un pensamiento efímero. Todo esto que construí o destruí en los años no existe, como tampoco existen los años ni yo acá sentada preocupándome por un mañana impreciso, por responsabilidades insulsas. Toda esta carrera sin sentido y sin ninguna meta, soliloquio desquiciado de suicida cobarde, de patético bicho negro acorralado en la esquina de un departamento blanco. Y una voz repitiéndome que todo esto valió la pena, que no existe el arrepentimiento, que todo siempre va a estar bien; y yo que, ilusa, le creo y me vuelvo el bicho iluso que se acerca al pie desprevenido y lo acaricia, bicho que grita y pide auxilio en un idioma extraño, consiguiendo asustar cada vez más al mundo y sus leyes descontroladas. Consiguiendo morir sabiendo que toda esa hostilidad la merezco y la merecen mis pies cansados, mis manos temblorosas, mis labios inútiles, esta voz que jamás podrá escucharse entre tanto grito inmundo y risa seca.
Ahogados los intentos y soldadas las ventanas, no existe al aire acá, no existe un lenguaje que me explique y les explique lo imposible que es existir acurrucada en esta habitación ahora oscura, por siempre oscura.
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