18.2.11
Aeropuerto
¿y ahora qué? Ya estaba en aquel entonces y ya estoy hoy aca sentada en la penumbra y el misterio de no entender muchos otros misterios que me enojan y me convierten y me humillan y me retuercen las tripas; cansada, malhumorada, esperando y siempre buscando llaves y la cerradura está en mí y la llave dónde estará entonces? Que me quedo pensando en todo lo nuevo que me asola pero no me asola porque construye y lo que construye es un efusivo momento de exageración del que descubre una perla en el mar y la quiere hacer suya, tan suya y para siempre suya pero que descubre con horror y pena de sí mismo como miles de señoras acorsetadas y distinguidas se pasean exhibiendo sus perlas virginales y sus trajes ornamentados.. y yo me pregunto cuanto tiempo estuve acá en la penumbra y en el misterio y las horas no son horas sino vagos destellos de luz amarillenta y cada minuto es una prolongación de quién sabe qué y que va a llegar pero no llega como tantas otras cosas que uno espera en el aeropuerto mientras lee una revista que no dice nada y toma café que bien podría ser pis de rata o cualquier otra sustancia desagradable, poco importaría ahora mientras se espera y se espera y así. ¿Y ahora? Que las horas no son luces sino quejidos y hasta gritos, preguntas, ¡auxilio! y nadie responde porque pocos escuchan, pocos piensan y esa es la gran pérdida (lo que en verdad asola y no construye), pero a uno siempre se le da por mirar lo de uno y al otro por mirar lo del otro y así vivimos todos y quizás la penumbra no sea tan mala si por lo menos uno se ahorra las explicaciones llenas de orgullo y de razonamientos decorados con la moral y la ética y todo eso que nadie entiende bien por qué sigue condicionandonos y entonces empieza la duda y la necesidad de escuchar detalladamente lo que se oye y solo son las horas que gritan y piden y ¡auxilio! y todo tiene un olor a molde de fábrica, a corte maquinario, a obligación y es la pura elección lo que plantea un paraíso irrefutable o al menos un banco en una plaza y el sol que nos recuerda que estamos vivos y los pies descalzos correteando por ahí jugando a no haber crecido nada pero sabiendo que si crecimos porque ahora elegimos estar en esa plaza y no nos trajo ningún padre ni abuelo ni tío ni amigo y la soledad es un orgullo, la luz es un orgullo y el sol y el silencio, sobretodo el silencio en el que no hay olores a fábrica y explotación, un silencio que grita más fuerte que las horas que corren, un silencio que no tiene moral y que no antecede a nada, simplemente es el aquí y el ahora y el banco de la plaza un poco torcido y la paloma gorda que sigue comiendo pan del suelo y los pensamientos que fluyen como un río o como el café que siempre se le cae a la moza del restaurante del aeropuerto y a nadie parece molestarle porque es tan dulce y linda y suave. Y no hay auxilio que valga por fin en el silencio que es más fuerte que los ruidos y las contradicciones y los conceptos de aquí a alla y de enseñanza absurda como todo lo que nos rodea, lo absurdo y lo absoluto, la mentira y la representación y la ficción y la coherencia y la moral atravesando el cielo puro como los aviones que me siento a mirar bebiendo el pis de rata que me trae la moza y yo contenta porque nadie altera mi silencio pero triste porque estoy disfrutando de la calma como un consuelo por no poder identificarme con lo que oigo (y por suerte que no lo hago, algo de realismo aún me cubrirá la piel o será surrealismo o será ficción disfrazada de oso panda y más manteca para estas tostadas por favor) y bien sabiendo que mi tristeza y mi silencio y mi incongruencia es efímera como todo y esos aviones que finalmente llegarán y algún lugar los esperará como si los lugares existieran para esperarnos y no fueran parte del absurdo y así la cuenta por favor y hasta dios.
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