8.2.12

¿Y el sexo para qué?
Disfruto de mi placer solitario. En mi mente todos participan, todos hacen aquello que yo deseo que hagan, en el exacto lugar dónde lo deseo. Sin preguntas, ellos saben. Ellas también.
Estaba enojada, triste, gritona, furiosa.
Me dicen cómo tengo que vivir y no puedo más que contestar como una adolescente rebeldona y pelotuda. Pero ellos me ponen en esa posición: ¿Qué otra cosa puedo responder? No voy a cambiar mi vida porque un desconocido me de un consejo que bien puedo leer en la caja de los fósforos.
Vuelve el mal humor característico de la ciudad.
Mañana me voy otra vez. Simona no aparece. ¿Qué hago si Simona no aparece? No sé buscar, ni siquiera a mi gata. Menos voy a saber buscar dentro de mí. Y ni hablar de alguien que me bese las heridas.

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