16.2.12

No nacido

La muchacha se encontraba abatida y no podía hacer más que cavilar en silencio.
El poco registro del amor perdido se hallaba ahora dentro de su cuerpo. Era tangible, era verosimil. Existía dentro suyo algo y ese algo era lo único que la condenaba a seguir presa de sus recuerdos más dorados pero tortuosos como lo es la eternidad.
"Su amor es mi tormento", pensaba. "Y ahora lo llevaré por el resto de mi vida, reflejado en cada día, revivido en cada mañana en que despierte con un niño en mis brazos, un niño equívoco, un niño nacido de mi propio caos y enfermedad". No le era posible distraer a la mente. Ya no leía, ya no cantaba, ya no escribía más que en las paredes blancas de su mente.
"¿Cómo haré para...?"
No sabía acariciar, no sabía proteger. Si incluso a sí misma se maltrataba por momentos, se perdía por siniestros escondites urbanos, se escapaba a los campos repletos de serenidad y aún así retornaban los recuerdos malditos, la fanática asociación de las vivencias actuales con lo ya perdido. Ahora, no podía escapar, no podía descuidarse sino era con un fin concreto, sino era para al fin dejarse morir y terminar de una vez con ese calvario. Se sabía culpable, se sabía enferma. No podría cuidar a ningún ser desprotegido como ella y dar amor, sin llorar cada noche entre huecos de arrepentimiento y mentiras que duran lo que dura un amanecer igual de doloroso. No podría escapar de la decisión desafortunada.
"¿Qué diré? ¿Qué callaré? ¿Qué haré con el miedo?".

Caminaba por las vías del tren, pensando en su tormento.
"Tu amor es mi tormento". Pero no, si en verdad el amor era la única salvación latente. El tormento eran las mentiras y las ilusiones rotas, el tormento era no poder disfrutar de ese amor sin encontrarle las fallas que sólo encuentra una poetiza frustrada; que sólo encuentra quien desea lo perpetuo, lo puro y trascendente del alma, quien sólo acepta una unión sincera, sin negociaciones, sin burocracia una vez concluída la pasión.
El verdadero diluvio ocurría cuando se encontraba sola, cuando los sofismas de su relación se transformaban en verdades que ella atesoraba y transformaba en enojos incoherentes, en mañanas de llanto, en noches de insomnio. No debía estar sola pero, ¿quién puede pasarse la vida acompañada? ¿Quién puede pasarse la vida sin pensar?
Y sus pensamientos eran tan erróneos. Todo lo transformaba en cuchillas sin piedad, en palabras de lástima, de culpa. Nada creía, en nadie confiaba.
"¿Quién sentirá piedad por mí y me lastimará por última vez?", se preguntaba observando las parejas con niños pequeños que esperaban la llegada del tren de las seis.
No había contado su secreto a nadie y creía que era mejor así. Detestaba la preocupación en el resto, la culpa y la lástima con que la cuidaban aquellos que la querían un poco. No veía su talento, no se sentía una artista. Se sentía la mujer abandonada, la perdida, la oculta.

Caminó hasta que ya no vio a las personas como lo que eran sino como lejanos espejismos de encuentros triviales. Parecían mariposas a lo lejos, arraigadas al suelo, tal vez mariposas muertas.
Era invierno y pronto anochecería. Entorpecería el viaje de todas aquellas personas desconocidas que probablemente necesitaban llegar a algún lugar con urgencia y eso era lo único que la hacía dudar de su determinación.

Tan triste, tan abominable le parecía ese mundo en el que había caído sin razón, sin pedirlo. Con súplica había deshecho todas las esperanzas de instalarse en él y sonreir, abrazando la nueva vida. Y no era el mundo el culpable, era ella la que había nacido en un mal momento, con un mal cerebro, con sádicos pensamientos inestables. Era ella quien cometía los mismos errores, quien caminaba sobre sus huellas intentando volver al punto de partida, al instante en que todo se desmoronó y las piedras destruyeron su travesía. Pero era inútil, el diluvio todo lo había destruído.

La pareja con los dos niños oyó un ruido y muy pronto comenzó la protesta general que ocurre cuando algún suceso inoportuna los planes necesarios para que ese mundo repleto de habitaciones y huídas, comienzos y partidas, siguiera su curso.
Uno de los niños lloró. Y eso fue el final.

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