9.1.12

El hombre sin rostro me persigue por mis sueños infinitos. Espejismos de una vida sin ausencia, de cuidados intensivos. ¿Cómo puedo sentirte tan hermoso si estás muerto? Sos el polvo, sos la tierra misma en la que hundo mis pies cansados. Y sin embargo, sos el todo de mis lamentos.
Estás muerto. Debo aprender, debo saberlo.
Te fuiste antes de partir, nunca consideraste el volver.
Yo estoy viva pero ahogada en el silencio, tan pequeña bajo un cielo sin color.
¿Quién me prohibe ver el sol?
Estás muerto. Los segundos que corren determinan la veracidad de tu espectro.
Otro minuto que se va en tu travesía infinita. Nunca vas a volver, ahora lo sé. Ahora aprendí, o tal vez no, tal vez nunca lo haga y cada día sea un nuevo laberinto sin salida.
La sabiduría existe solamente en los pliegues de la ropa que ya me quité. Desnuda e ignorante, vagando sin rumbo por la eternidad de mis preguntas vanas. Las respuestas las tenés vos, o sueño que las tenés, cayéndose de tus bolsillos y marcando el rumbo de tu rencor.
Sos vos, no tenés cara pero si tenés manos, tenés uñas que me hieren la piel desnuda
, que me llevan y me traen y de vuelta me entierran, me sacuden y sólo a veces me permiten despertar.
Yo también estoy un poco muerta, ¿sabés? A veces me pregunto si podríamos encontrarnos en un limbo imaginario, intercambiar risas o rencor por un rato. Te escupiría la frente, te besaría los pies. Tan sólo por un rato...
Después hay que volver, siempre hay que volver. Y sonreír, porque si no todos se preocupan, porque si no todos lloran como lo hago yo. Pero mis lágrimas son negras, mi cuerpo es la miseria.

Te busco. A veces lo hago, a veces me hundo en mis recuerdos e intento verte acariciando a la niña que alguna vez fui. La que te esperaba, la misma que hoy te sueña.
¿Cómo inventar caricias que no existieron? Mi piel no te reconoce. Mi piel no te conoce.
¿Cómo podés matarme tanto si el único que está muerto sos vos?

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