4.6.11

Si existieran realmente estas horas y no fueran espejismos, las tomaría a cada una de ellas, no tanto como se toma un té o un subterráneo sino más como aquellas rutas desiertas en las que me soñé algún día y hoy ya no están. Estarán tal vez dormidas, estarán borrándose con precisión infinita entre ellas para nunca llegar a demostrar su figura ante mis ojos. Definitivamente, no lo sé. Y podría esta fría noche ser tan cobarde como siempre lo soy de decir que no sé realmente nada, pero esto no es una verdad y ya es hora de que lo acepte. Sé todo lo que se necesita saber para sobrevivir en este mundo vacío y pragmático, pero no lo acepto, no lo quiero, no me sirve y no me gusta. Debería darle un fin a mi rebeldía sin causa, a mi rebeldía estúpida... pero aunque no lo parezca y aunque pueda no creérmelo ni siquiera yo, es mucho más profundo que eso. De los laberintos uno no se escapa tan fácilmente como uno cree si los está viendo desde arriba. Estar acá, entre estas paredes grises y donde no se me permite jugar, nunca más.
Sea bienvenido mi rechazo hacia las normas y convenciones, a los horarios, los martes, los jueves, los escalones, las cajas con archivos, los renglones, las puertas, las hornallas. Malditas casas todas iguales, malditas necesidades básicas. No debería exigirle tanto al mundo, más que nada porque yo no soy ninguna heroína en él, y sin embargo lo hago. ¿Por qué? ¿Qué es lo que realmente me dejaría conforme? Es imposible que no haya convenciones, es imposible que no existan tradiciones. Si tan sólo rechazara la burocracia, si tan sólo rechazara lo rechazable todo sería más ameno, podría conversar con otros rechazadores crónicos y me reconfortaría, podría danzar entre los rostros molestos y comprar orquídeas para adornar mi insolencia o alguna cosa por el estilo que disimule que hoy es lunes, que mañana es martes... Pero no, a mi se me viene a ocurrir aborrecer las tapas de las revistas, el color azul... se me viene a ocurrir rechazar lo sistemático, lo inmediato, lo inevitable y me estoy empezando a dar cuenta de que tiene algo que ver con mi increíble necesidad vital de sufrir, en mayor o menor medida, bajo lágrimas o detrás de la sonrisa más sincera. Constántemente enojada, constántemente crítica. Y sí, sufro. Con las palabras, con las caricias, con las lámparas eléctricas. Prenderse, apagarse, prenderse, apagarse... ¿Qué clase de funciones son esas? Díganme por favor, explíquenme la maravillosa funcionalidad de la mierda que todos consumen hasta que me sangren las orejas y al fin lo entienda. Basta, no puedo estar pensando en esto. No puedo estar escribiendo sobre esto.

Volviendo... siempre volviendo. Si existieran realmente estos minutos, los estaría desperdiciando acá, sentada en este habitáculo que luce exáctamente igual a como lucía ayer y no en una montaña (momtània) verde y naranja, por nombrar algún lugar. ¿Qué estoy haciendo moviendo mis dedos de un lado a otro, formando palabras, juzgando errores ortográficos, moviendo la cabeza, mordiendo mis labios, sintiendo un frío mortal en mis pies cansados? Nada de esto tiene sentido, nada de nada lo tiene. Se enfría mi café, hago preguntas idiotas que nada tienen de filosóficas y sin embargo me torturan la mente. Será que mi mente no es tan importante como siempre pensé. Se cortán mis dedos, no recuerdo cómo, no recuerdo por qué. Sólo sé que me duele de muchas formas, todo esto que me rodea me duele de muchas formas y estar alegre no soluciona nada. Poder darme algunos lujos y vestirme con la superioridad y la frialdad que construyeron para mí, no soluciona nada. Y que yo lo vea y vos no me lo digas, me resulta increíblemente molesto. Tener cierta información, que nadie más tiene, que aunque la grite a los cuatro vientos (¿por qué cuatro y no seis? ¿por qué hemos llegado al punto de contar al viento como si fueran rodajas de pan o monedas?) nadie escucharía, y aún si llegan a oír este zumbido lejano no lo interpretarían, más bien les molestaría los tímpanos, les arruinaría la velada. No, no lo escucharían siquiera. ¿Qué diría? Nunca supe formular bien mis emociones, ordenarlas, de mayor a menor, de más grande a más chica, de más suave a más asquerosa y repulsiva. Pensándolo bien, hay ciertas cosas que no sé y que me encantaría saber. Hay ciertas nubes que me gustaría acariciar, ciertos ríos que me gustaría vomitar, ciertas flores que me gustaría comer. Hay una melodía en mi corazón que crece con el ritmo de las llaves girando en las cerraduras. Hay un doblez en la construcción que no puede ser estirado. Y todo lo que hay, son cosas que jamás van a ser, sonrisas que jamás van a volver, voces que están tan lejos y sin embargo recuerdo con claridad, y eso es mucho decir ya. Me gustaría tener en secreto, bajo llave, todo esto y no depender de extirpar mis sentimientos con furia, por no ser más prudente, por no ser más cuidadosa y muchas otras palabras que terminan en osa. Y digo extirpar porque no es fácil para mí decir, no es fácil para mi contar. But who cares?

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