17.6.11

lumière

¿Qué es todo esto sino redundancia? Ascender y descender enternamente, trepar con improvisada valentía tan sólo para volver de un golpe certero al suelo y arrastrarme sin gracia entre las rocas impenetrables. Mi amor profundo y visceral por las palabras que me aleja de los cuerpos y la imperativa necesidad de correr hacia un lugar específico en el mundo, hacia un ser específico que me cuide y cepille mi ropa sucia, lejano y traicionero como, eterno infante atormentado como...
Buscar en la inmensidad escalofriante del planeta un alma que pueda leer la verdad en el viento y acariciar la vida con sus ojos. Luego la inconsciencia de correr con los brazos abiertos hacia las nubes que se deshacen en mi cuerpo y se funden, invisibles, en mí y en mi tragedia infinita, en la que se oyen risas ahogadas y repetitivas campanas. La creencia efímera e ingenua de que estos vacíos y helados días realmente están pasando y se están llevando con ellos el brillo de una remota posibilidad. Y luego ahogar al aura de las alas rotas en lágrimas de sal por confirmar que en verdad no, no existe la diacronía que lamento y así como no existen estos días tampoco existieron aquellos, los más felices, los días diáfanos de la ilusoria piedra filosofal. Y que tomar decisiones y explicar ideologías es tan absurdo e inconstante como los cajones con expedientes y las revistas de moda, pero sigo explicando y hablando y rellenando espacios que continúan vacíos, sigo escuchando amargamente y esperando con angustia las manos y la lengua de la abstracta e inalcanzable libertad. O al menos una luz, o un pasaje secreto.
Pero sí, si pasan las horas, si pasan los días y se llevan mis tambaleantes posturas, mis indefinidos deseos, mis efímeros placeres. O quizás no sea el tiempo, austero y desleal, el que se lleva mi pequeña esperanza esta vez, sino tal vez y sólo tal vez, quepa destacar la posibilidad ínfima de que yo sea la ingenua e insegura paloma ciega que desgarra su propia herida, que ataca su propio nido.

Y después de todo hay una luz, por más frágil que sea, que no es ningún artificio y logra defenderse siempre con la verdad, aunque en ella no existan libros, partituras, gráficos, estadísticas. Aunque en ella no haya cita ni fundamentación alguna. Allí está y no requiere nada más elaborado que existir para provocar que yo desee ir corriendo a leer y saber todo lo que se puede saber en este mundo sin saber hacer realmente nada, la fundamentación que podría darle a una acción que jamás voy a realizar por cobardía o por simple realismo, la falsa soberbia y autosuficiencia de un ser que no puede llegar a la hermosa e idealizada simpleza de simplemente existir, como esa luz, como tantas otras luces, que me gasto en señalar sin aceptar que sino fuera por ellas yo sería polvo y no precisamente del que está en el cielo adornando a los astros, no precisamente el que vimos en el campo aquella noche de travesía espontánea, no, un polvo diferente, un polvo como el que es ahora él y yo seré algún día muy lejano. No hay necesidad de ser tan trágica, aunque no le esté siendo del todo, aunque no debería importarme, aunque no debería...
¿Cómo seguir después de tanto todo? Para bien o para mal...

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