5.5.11

Había una vez un padre

Te robaste mi alma. Y debiste cuidarme, siempre debiste hacerlo, debiste cuidarme desde antes de mi cuerpo ocupar el mundo, desde antes de mi boca pronunciar tu nombre, debiste ver mis ojos ciegos e iluminarlos. En cambio partiste con rumbo desconocido, con las maletas repletas de papeles y dinero sucio, con números y reuniones y una ficción disfrazada de vida. Te fuiste caminando lentamente sin mirar atrás y en tu camino se cruzó un final imprevisto, un final que fue más final aún para mí que sigo aca repitiendo una y otra vez las mismas palabras huecas, los mismos gestos inútiles. En vos algo terminó y en mi algo se fue volando con vos antes de que fuera capaz de reconocerlo y reconocerme en este cuerpo que me diste sin querer. En estas manos y esta piel que te robé en un error de cálculo y que no puedo devolverte, tal vez hasta deba pedir perdón por existir y por haberte hecho tomar una decisión y haber sido el final, siempre haber sido un final y un segundo que nunca debió estar en tu reloj.
Te fuiste apurado y contento, o tal vez muy triste, pero ido al fin estás y acá solo hay preguntas, acá solo hay dolor. Detrás tuyo solo dejaste un cuerpo, en el pasado solo dejaste a una mujer que acá recuerda lo poco que le diste y lo mucho que destruíste. Abandonaste un cuerpo nada más, porque mi alma jamás la devolviste, o jamás la tuve tal vez. Un error determinó que yo no pudiera poseer las ganas de reír, llorar, crecer, soñar y extrañar con dulzura y pasión durante tantos años, durante tantos siglos en mi piel que es lastimada y que no sufre, no sufre el dolor sino las alegrías, no sangran las heridas sino el amor, no es enemigo el extraño sino el que debió cuidarme, el que debió amarme. Y debiste hacerlo, debiste quedarte conmigo aunque no supieras cómo, aunque no quisieras hacerlo debiste abrazarme con fuerza y al menos esperar a que yo pudiera entenderte, a que yo pudiera preguntar un tímido y doloroso por qué y ahí mentirme con todas tus fuerzas intelectuales y contentarme, fabricarme un alma aunque fuera de frágil papel y luego partir a realizar todas esas cosas que juzgaste importantes, dejándome atrás pero viva, dejándome atrás pero libre. Pero no lo hiciste, fuiste mezquino hasta para eso y aquí todo es dolor, todo es ese gran por qué que ya no es tímido y ahora en cambio me grita y me patea, y no puedo callarlo, no puedo matarlo. Mientras vos seguís caminando en los senderos metafísicos que yo estoy creando para vos, seguís apurado dándome la espalda pisoteando las nubes y opacando mis días de paz, ocultando el sol y sobretodo negándome una verdad que es mía, que siempre debió ser mía y que yo quiero acá, entre mis brazos, detrás de mis ojos. Quiero ser real, quiero que estés vivo para poder decir que acá estoy yo y que existo y que no soy una negación sino un ser que debió haber tocado tu corazón y no pudo, pero que aún así existe y sufre, llora, necesita, ama, y que quizás si podría haberte hecho feliz, o al menos haberte hecho sonreír una o dos veces, al menos acariciarte un instante y quedarme grabada en tus ojos que son los míos y que por eso me duelen tanto. Quiero que me des esa realidad que me negaste y no podés hacerlo, porque no estás, porque aunque estuvieras ya es muy tarde.
Te llevaste mi alma, la tenés en el fondo de tu gran bolso de viaje cubierta por polvo y fotos viejas. La tendrás en dónde estés y yo acá indignada, yo acá patética, yo siempre acá detrás del muro que construí para que no volvieras nunca más y que estúpido me resulta ahora todo esto, ahora que sé que nunca debiste irte y que nunca vas a volver. ¿De qué me estoy escondiendo si vos ya no sos nada, sos solo cenizas, sos solo una una foto en mi cajón? Estoy herida, estoy hiriendo, estoy destruyendo todo menos este muro. Y te juro con lo poco que tengo para perder que a quién quiero lastimar es a vos, a quién quiero arrancar es a vos, siempre es a vos y no puedo, porque no estás y nunca vas a estar y en cambio me estoy lastimando a mí, estoy lastimando a cada persona, a cada momento de ternura y entrega, a cada verdad estoy matando y muriendo tantas veces en un mismo día, en una misma hora, me estoy arrancando a mí de mi propia vida y del mundo, sea lo que sea y aunque a veces no lo comprenda es un mundo y me gustaría poder estar en él, poder abrir las ventanas y quitar los candados de las puertas y correr afuera, sentir de verdad, caerme, levantarme, rodar por el suelo sin llegar a ningún lado pero riendo, libre y contenta, alegre por sentir mi cuerpo y reconocerlo, por reconocer mis pensamientos. Y sin embargo yo me lastimo y me vuelvo invisible y vos seguís viajando, seguís siendo llorado y extrañado, seguís culpándote de todo como si eso pudiera cambiar algo, como si la culpa realmente existiera. Pero sé que ni siquiera eso, porque ya no existís, porque tal vez nunca lo hiciste pero yo aún detrás de estas paredes te puedo ver rodando y saltando y corriendo, veo tu espalda y oigo tus silencios, siento tu miserable arrepentimiento y tu desesperación por negarme la existencia. Y acá es cuando debo sincerarme y admitir que lo lograste, que me negaste la existencia. Y acá es cuando deberías sentirte muy orgulloso de lograr siempre aquello que quisiste, aún en el olvido.

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