Mi nombre escrito en la roca, ya limado por el viento y el mar.
Cuántas olas habrán desembocado sobre las letras que forman este nombre, impuesto desde siempre, intrascendente y a la vez determinante, acompañante obligatorio de mi persona toda entera, de mi cuerpo, mi piel y mi voz. Cuántos ojos distraídos se habrán posado sobre él, sobre mí en verdad, observadores desinteresados de una ínfima parte de mi historia, de mi tiempo, del legado de mis manos. Cuántas de esas personas significarán algo para mí... probablemente ninguna ni yo algo para ellas, qué importa, qué modifica mi presencia tácita sobre la roca frente al mar.
Nada, nada realmente. El viento todo se lo lleva y a mí, a mi una vez me llevó.
Era un día de esos en que da lo mismo reír que llorar y que quedarse mirando el cielo con cara de perro abandonado en la estación de tren. No me acuerdo si se llegaba a divisar algún rayo de sol o si se trataba de un manto blanco y esponjado que actuaba como un techo esclavizador, un límite torturante. Allí estaba yo, sentada, recubierta por el frío y la necesidad de necesitar algo físico, algo real y posible pero sin poder hacerlo, sin poder pensar con verdadero afán y convicción. Por esa misma necesidad, quedaba inmóvil e inútil observando ciegamente el horizonte, la línea delgada que separaba el mar del cielo, ese cambio en la paleta de colores naturales y el vacío de la arena en invierno. Mirando las rocas en silencio, buscando una continuidad en el paisaje formado con el mismo vacío de mi ser, con mis manos frías y mi mente -no tan- en blanco. Buscando, siempre buscando inútilmente, buscando jamás encontrar nada. Pero de cualquier forma ahí estaba, sentada y lejana.
Nunca fui muy capaz de verme desde el ojo ajeno, de analizar mi imagen y mi entrega siempre limitada partiendo desde la estética, desde el cuadro que se forma entrelazando mi postura y el efecto de mis dudas en la mirada que desprendo. Siempre estuve equivocada en cuanto a lo que significa mi presencia física para el resto, no sé verme con otros ojos que no sean los de mi propia alma y mi abstracción. Por eso, recapitulando y analizando un poco, me fue tan frustrante desde siempre el contacto supérfluo con los conocidos, los transeúntes indiferentes, al pasar intrascendentes por la acera de la vida cotidiana. Por eso también me encontraba, ese día en particular, abandonada y herida por nadie, torturada por la incapacidad de reconocer recursos elementales para el común de los que me rodearon, de los que me criaron, de los que me mataron. Yo nunca entendí el sentido común, ese que tantas veces me reclamaron en vano. Nunca entendí esas conversaciones en la cena, esa desesperación por decir en su cara más profunda la nada misma, ese afán por rellenar el aire con profecías mundanas sobre el matrimonio del vecino de al lado y cosas por el estilo. Tampoco me sentía mal al respecto, mal por vivir aislada en el silencio o el repudio por quebrarlo con mediocridades mal actuadas, mal por jugar constantemente a la divina incomprensión, al deseencuentro y al "debo irme" para solo llegar a casa y abrigarme con mis pensamientos y mi incapacidad de cocinar un huevo y tender la cama pero sí de pasar noches enteras sumergida en un libro viajando por los recobecos de mi ser, pintando cuadros de acuarelas cromáticas nacidas en el fondo de mis dedos, torpes y dulces, jugando siempre jugando con el cosmos y la metafísica existente en el renacer de mis sueños por la mañana. Hasta entonces, el aislamiento era poco reconocible, impalpable, inmedible. Hasta entonces los días, esa conjunción de horas que agrupan minutos que ahogan segundos, los días no eran tan vanos, tan distantes uno del otro hasta el punto de suplicar la llegada de la noche y con ella la del olvido, la del famoso "volver a empezar" cuando en verdad todo sigue siempre igual, apilando el ayer y padeciendolo en la claridad del hoy. Hasta entonces yo buceaba, creyéndome parte de algo que siempre estaría a la vuelta de la esquina pero que no llegaba tampoco y eso se sumaba y confundía la espera, atormentaba mi confianza inocente en el Universo.
Pero ese día era el mar, eran las rocas y el frío en todas partes carcomiéndome, el silencio de la tarde dibujando un final para una historia que a pocos les interesaría leer. Era el balcón distanciándome de la tierra en su fortaleza anacrónica, del vacío no material, novedoso comparado a la construcción human.a en la que estaba yo, en la que vivía yo sumergida toda entera en ese artilugio innecesario, en la comunicación repartida en simulacros. Algo en esa escena me permitía callar las voces que me atormentaban, anular el proceso analítico sistemático que se gestaba naturalmente en mí desde siempre, así tan sin pensar ni desmembrar verdades instaladas, sin ordenar ni articular ni transfromar en dialéctica todo lo que vive bien por dentro. Por eso fue que tal vez, entre otras efímeras circunstancias disfrazadas de eternidad en pena, bajé y enterré mis pies en la arena fría. No me divertía, pero tampoco sufría. Estaba segura de jamás poder encontrar una certeza y una conexión dependiente de esa certeza, motivo por el cual mis actos eran ilimitados, no había fronteras de moralidad y ética. Ya no sufría pero sí lloraba, lloraba sin sentir esa congoja previa y ese segundo en el que el rostro se comprime de manera graciosa para el que lo ve, precediendo la lluvia en la ciudad de las mejillas y los labios. Nada de eso, ningún sentimiento conocido, ninguna cita ajena podría servir, ningún consejo, ninguna salida. No hay nada más determinante que la irreversibilidad que deja un alma al rendirse. No queda nada más que el vacío, el desierto, la ausencia de la ausencia misma, siempre en un círculo que vuelve al comienzo que es el fin, el comienzo es el fin. El mar en su inmensidad escalofriante sería la última página, la caída del telón y estos pies marchantes eran el saludo final, esa firma en una roca tan nueva como nueva podría ser la angustia esta que me viste. Caminé unos pasos, enfrentando las olas desafiantes. Allí dentro, donde el viento cortajeaba mi piel. Mar adentro, muerte adentro, final abierto para la compresión de tantas estrellas inconexas, tropezar y caer mil veces, la piel rasgada contra el mismo impacto que me hace sentir viva, por últimos instantes viva, como nunca más iba a estarlo ya.
Como nunca más iba a encontrarme inmóvil respirando en silencio, nunca más un cuestionamiento, una entrega, una profundidad poética o la simplicidad de abrir las ventanas para que entre la luz del sol.
Ya nunca más la súplica entretenida y el negociamiento con el futuro, ni el renunciamiento constante del hoy.
Las olas llevándose la duda posible y la chance de que la noche forrara esa necesidad de terminar.
El viento me llevó, la vida me llevó hasta aquí.
El viento se llevó conmigo todo aquello por lo que perdí el tiempo, inutilmente.
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