3.3.11
El asunto no es por hablar menos o hablar más... no sé si expresarse es tan gratificante como todos dicen, al menos no lo creo en este caso. Además yo pienso que hablar no implica expresar algo, no necesariamente. Oigo conversaciones todo el tiempo, de banalidades o de tópicos aparentemente profundos y oigo como todos nos desesperamos por decir lo que pensamos, lo que necesitamos por alguna razón oculta que los demás sepan de nosotros, pero siempre hay un límite, siempre se termina la charla y todo lo dicho no son más que palabras que nadie recuerda un minuto después, que quedan colgadas en ese instante, vacías e intrascendentes. Creo que de todas las veces que hablé, ninguna fue del todo real, nunca me vi a mi misma extirpando cada palabra desde el fondo de mi alma con una verdadera necesidad de entregárselas al receptor. Todo estuvo hasta ahora de alguna perversa forma programado, casi sistemático, todo fue casi inútil. Y digo hasta ahora como si esto fuera el comienzo de un cambio y no lo es, o quizás sí. No creo que tengamos verdadero control sobre los cambios. Siempre escribo sobre lo que no creo, me estoy cansando de tanto escepticismo y sé que debo aburrir, porque hasta yo estoy aburrida de lo que digo y de lo que callo y de mí, de mí entera. Son momentos de perderme, de vaciarme o de reconocer el vacío que siempre existió y de necesitar, con todas mis fuerzas necesitar ese contacto real y dejar atrás todos estos simulacros, todas estas performances mediocres. Pero, ¿dónde está ese contacto real si nada de lo que digo es real, nada de lo que soy, nada de lo que quiero es real? Mi amor no es real, ni mis lazos, ni mis raíces. Todos saben y debaten sobre los eventos de mi vida que deben estar hiriéndome por dentro, que deben haberme hecho ser como soy y yo no siento nada de eso, yo no reconozco nada de lo que debería lastimarme como mío, no reconozco el pasado, no me reconozco ahora y nada de lo que toco, nada de lo que me toca. Mis pertenencias, mis recuerdos, mis olvidos, mis características... nada es mío, sobre nada tengo poder, en ningún lado estoy, de ningún lado me voy. Quién pudiera entender todo esto. Sin embargo sé que soy y sé que estoy y sé que en el fondo me fui y llegué y mi espacio tiene una sombra y esa sombra soy yo. Y sé que en el fondo me hiere todo eso que no reconozco y es por eso que no lo reconozco... en el fondo yo sé todo, no soy estúpida, no soy loca aunque todo sería mucho más fácil si lo fuera y cuánto deseo que todo sea más fácil, hace tanto ya. Mi deseo no es tan complejo, mi deseo es sentir que estoy en dónde estoy y no en otra parte, sentir que cuando hablo con las personas estoy dándoles algo de mí, que soy yo la que dice lo que sale de mi boca, que soy yo la que abraza y sueña y vive y despierta cada mañana, que soy yo la que baila y canta y ríe y espera algo mágico de la vida. Que mis intereses son míos, que me pertenecen. Que mis besos son míos, que mi amor es mío, que mi dolor es mío. Dejar de sentirme ajena y con esta presión en el pecho y en los ojos que me obliga a querer irme siempre de todos lados, a salir corriendo, a gritar, a romper, a matar. Es no querer estar en ningún lado nunca porque cuando estoy, no estoy en realidad. Cuando despierto no estoy despertando, yo sigo perdida en mis sueños y en mis construcciones oníricas y ni aún ahí donde la libertad debería dejarme fluir soy yo la que sueña, siempre soy algo más o algo menos pero nunca yo, mis ojos nunca ven por mí, mi boca nunca habla por mí, nada es elección, nada es inercia, nada es nada.
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