27.2.11

Entre el sueño y la vigilia, esa línea delgada que divide la realidad (como si fuera una certeza) del inconsciente, de los castillos imaginarios que se manifiestan esporádicamente en los recobecos de mi psiquis, las construcciones y los vacíos, las promesas que nadie hizo pero que se sujetan ahí, alternándose con pequeños lapsos de claridad y realismo que poco duran porque de poco me sirven. Mis preferencias varían dependiendo mayormente del espacio de la aparente realidad onírica en la que me encuentre, aunque si hablo de realidad cuando me refiero a mi mundo íntimo y tibio de cobijas y almohadones, de paradojas y vivencias atemporales, cómo podría entonces referirme a la otra y aparentemente verdadera realidad: el mundo hostil de televisores y conversaciones fantasmales sobre el estado del clima y los precios del supermercado, el mundo de desayunos y reuniones, de responsabilidades y horóscopos; ese mundo en el que está prohibido pasar ridículo y sonreír constántemente como un loco sin una firme razón sustentada por hechos verídicos y comprobables, el mundo al que llamamos "real", el que cuento como la secuencia de días, horas, minutos, segundos que componen mi vida total y absoluta, mi gran conexión-inconexa con el resto de los seres y conmigo misma por no ir más lejos. ¿Qué nombre podría darles a cada uno para poder diferenciarlos? En tal caso, estoy perdiendo el tiempo buscando nombres qué formen una identidad cuando la identidad está muy lejos de ser un nombre, un número o cualquier distinción lingüística, recordando de repente que ya lo dijo Shakespeare y que nunca le presté demasiada atención hasta este momento. Quizás también esté perdiendo el tiempo soñando, intentando sustraer algún tipo de información valiosa para mi vida "real", es decir, para mi existencia en el mundo de los muertos vivos, de los periódicos con horóscopos e historietas cómicas que no hacen reír a nadie; quizás esté buscando en el lugar equivocado o tal vez de la forma equivocada, es muy probable que no sepa encontrar y que eso me lleve a no encontrarme a mí sumergida entre lo mismo que estoy buscando que no se bien qué es. El conflicto comienza cuando entran en juego las emociones y tal vez es ahí donde más me equivoco: en intentar detener la corriente, en prohibir el paso del río e instalarme cómodamente en una llanura que hace años no me asombra ni me perturba pero me mantiene contenida. Si, sé que es ahí dónde más errada estoy, porque intentar contener mi sensibilidad es una batalla perdida de antemano, es una derrota segura, un suicidio por deporte o por amor al arte, algo sin razón de ser, sin sentido (aunque ahora que lo pienso, el amor al arte si es una razón de ser y bastante importante y no deberíamos usar esa frase con tanta liviandad, algo que tampoco había tenido mi atención hasta este preciso instante, que si quisiera podría adentrarme más y hablar de la subjetividad del tiempo que es algo siempre tan confuso e interesante, mucho más que lo que vengo diciendo hasta ahora, pero no viene al caso). Mi sensibilidad es incontenible e innegable, pero de alguna forma me las arreglo lo bastante bien para dilatar lo más posible la erupción del volcán e ir preparando débilmente el terreno, incluyendo la acción tan importante de alejar a los posibles receptores de la mayor de mis hostilidades frenéticas y de la neurosis de mi exabrupto (cuando por fin ocurra, si es que ocurre). De cualquier forma, puede también que me esté equivocando en mi manera tan decepcionantemente novata de analizarme; a veces hasta concluyo en que no soy dueña de mi misma y que no soy capaz de percibir lo que tengo acá, tan cerca de mi nariz (del lado de adentro, por supuesto) y que necesito que alguien me grite en la cara las cosas que yo ya sé hace años, siglos; los propios signos de mi piel y de mis visceras o más bien de mí, por completo, toda entera. ¿Seré una negadora compulsiva? Francamente eso sería aceptar un desperdicio de papel y lapiz y de horas y días y años enteros de aparente conocimiento de mi ser y mis impulsos, mis preferencias, mis imposibilidades, mis miedos, mis deseos, aunque también podría ser posible que conozca solamente lo más superficial de mí y aún me falte llegar al núcleo (¿dónde sino podría empezar a originarse la erupción final?). O tal vez y solo tal vez, me concentré mucho en lo oculto y dejé de prestarle atención y siquiera notar lo que todo el resto puede ver claramente sobre mí, lo más notorio, lo más al alcance de la mano, lo inmediato, lo sistemático. Sin duda todas las hipótesis tienen grandes posibilidades de triunfar, pero mientras tanto yo seguiré buscando un nombre para el aroma de una flor y un camino para mis migajas de pan, mientras trepo las escaleras que me lleven a la torre del castillo flotante que me hace sentir feliz al menos por unos diez minutos, que me recupera el alma.

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