17.2.11


Porque era un cielo indeciso, entre rosado, grisáceo y el clásico celeste y porque se formaba sobre el manto de cristal ondulante casi sin hacer ruido, sin molestar. El atardecer entorpecía la homogeneidad del color y dejaba ver los matices refulgentes en el apogeo del sol, que con habilidad explotaba esos últimos momentos de protagonismo que, al pasar, dejarían la oscuridad y el añoro de su belleza efímera. ¿Serían estos los momentos previos al temporal, a la lluvia que todo lo renueva o a la tristeza infinita? Nubes que se superponen, se enlazan, parecen rozarse y sin embargo encuentran su ruta en silencio, respetuosas entre sí, ágiles en su libertad y eficientes en su arte; obedientes a una estética espontánea y natural, sirviendo orgullosas como marco suave y tibio del imponente astro que se oculta en un horizonte firme, arraigado.
Bien quisiera uno, o tal vez solo yo, que esta belleza pura y nueva fuera eterna y me acompañara en conversaciones decisivas, momentos risueños; que sirviera así de presencia suavizante y adormecedora, casi como una melodía lejana, un aparato transformador de humores, un endulzante natural; pero muy por el contrario, es uno, o tal vez solo sea yo, quien debo estar atenta y acompañar en silencio a esa belleza, a ese poder, casi debo olvidar quién soy y a qué vine hoy acá, con tal de presenciar por completo y sentir el fenómeno, aunque solo esté sirviendo como parte más del decorado secundario que realza la magnitud del centro del Universo ocultándose en el campo. Y quizás yo pienso en cosas que nadie más, porque a veces me ha pasado de sentirme una extraña y regocijarme en mi imaginación que todo lo puede, casi me divierte lo más insignificante para el mundo, lo más natural, lo más simple y podrían como si nada decirme todos que en mi vida ya he tenido tantas puestas de sol y tantas tendré que podría darme el lujo de perdérmela y volver a lo mío, confiando en un mañana certero o en una vida entera de momentos disponibles; pero así como soy de simple o de compleja o tal vez solo ingenua, se me da por ser una mariposa y sentir como tal, se me presenta que este momento es el primero y el último, tan único, tan irrepetible; toda mi piel puesta en él, instante decisivo, imperdible, incomparable; este es mi día y es toda mi vida, este y cada minuto es rico y sofocante, indescriptible. Y a cada emoción le invento un nombre, soy tan nueva en el mundo como nueva me resulta la vida y sus colores: rosa, gris, celeste, un blanco sucio... ¿habrá algo más? no lo sé. Puedo ser cualquier espectador y esta puesta de sol seguirá siendo diferente al resto por lo que es y porque antecede o presume anteceder un cambio climático ya conocido pero no por eso débil o repetitivo, porque nada en el mundo lo es y mucho menos lo natural; y ahora como quién no quiere la cosa se me da por sentirme gota, situada en el interior de una nube tan consternada por el porvenir y casi al borde del llanto, en el instante en que atraviese ese vapor incoloro y caiga, en el instante mismo en que me sumerja en el lago inmóvil, espectante.. perderé identidad, seré parte de un todo abandonando cualquier tipo de distinción posible, seré una más hasta para el ojo experto, mi vida será corta como la de la mariposa pero violenta y predestinada, seré un simulacro de suicidio, seré nacimiento y muerte, seré una caída libre que termina sin pena ni gloria en la masa que me espera para contagiarme su quietud.

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