Odio la sensación de estar en equilibrio y no soy capaz de disfrutarla: me aburro, me angustio, me deprimo aún más. Necesito preguntarme cosas nuevas todos los días y cargarme con sentimientos aunque sean de mentira para creer que estoy viva y que poseo algún tipo de hilo conector con lo que existe a mi alrededor. Y en verdad, lo poseo. Mucho mas fuerte de lo que creo. Pero no logro definir si soy superficial o si soy hipersensible y quizás tampoco me hace falta definirlo ahora ni nunca; supongo que soy dos ideas opuestas conectadas entre sí que forman una personalidad contradictoria y caótica. Eso soy: caótica. Caótica para hablar, para ordenar mis ideas, para estudiar, para comer, para vivir. Caótica es mi habitación, mis amistades y sobretodo las personas que me atraen. Me atraen las personas arruinadas, dañadas, consumidas, raras, especiales y hermosas. Personas dramáticamente diferentes aunque ni ellos ni nadie más que yo lo note.
La verdad es que no me canso de escribir, pensar, hablar de lo que pasa dentro mío pero nunca me digno a cambiarlo y creo que jamás voy a hacerlo. Es imposible. Muchas personas creen que cambié bastante y a veces yo también lo creo. Pero no puede ser que una semana sea literalmente la persona más feliz del mundo y a la otra quiera extirparme las venas del cerebro con agujas de tejer. Debería empezar a preguntarme por qué odio la estabilidad cuando evidentemente es lo que me vendría bien. Supongo que me niego a dejar de ser retorcidamente interesante. Inconcientemente no quiero encontrar la salida de este laberinto, solo quiero que alguien entre a admirar el paisaje. Y eso quiero para mi vida: admiración. Quiero perfección. Y el hecho de que sea imposible solo me hace quererla más. Y es desgastante tanto esfuerzo en vano. Si todo lo que me rodea no tiene una estética determinada no puedo apreciar su belleza, no puedo vivir una historia de amor simple, sana, natural.
La verdad es que me esfuerzo en decir algo perfecto, en estar perfecta en cada ángulo en que me puedas estar mirando y no me percato de que eso me hace vacía, me hace perder lo que realmente es único en mí y lo que me hace hermosa. O más bien si me percato y me lo recuerdo todos los días, todas las horas, todos los minutos. Pero aún así no puedo evitarlo, es un círculo vicioso; mi inconciente me impulsa a desear ser alguien más grande, más fuerte, más imponente. "Quiero borrar toda la historia y reescribirla cada día desde una nueva perspectiva y limpia. Sin lazos permanentes. Sin subidas ni bajadas. Quiero ser una imágen, una foto inmóvil y fría." Ahí está. Pero la verdad es que no soy fría, soy fuerte pero también soy muy vulnerable y mis rodillas se tambalean si estás por ahí cerca. Y en muchos aspectos, sé que nunca voy a cambiar. Mi desorden (en todo sentido) no va a cambiar, mi extremismo, mis pelotudeces filosóficas para expresar lo más básico y nunca nadie me entiende, mi inocencia en cuanto al amor se refiere, mi necesidad de que todo sea hermoso, estético, como preparado para ser parte de una foto. Quisiera controlarme muchas veces pero no puedo y no puedo modificar lo que está adentro mío; pero sí puedo ocultarlo, aunque no quiero porque es aún más desgastante que esforzarme en cambiar. Debería aceptarme. Y aceptar que a veces puedo permitirme tener celos idiotas (más que permitirme, no lo puedo evitar) y también puedo querer que alguien sea mío por más que las personas no seamos objetos ni pertenencias. Y aceptar que vivo con miedo. ¿A qué? Quién sabe ! Supongo que a mi misma y mi infinita autodestrucción. Tengo miedo cuando soy feliz porque siempre se termina y caigo en una depresión de no entender qué carajo me pasa y por qué carajo me equivoco tanto. Y tengo miedo cuando no se nada de nada. Cuando me irritan las personas y sobretodo me irrito sola yo misma. Miedo de mi imaginación, de mis mentiras, de mi necesidad física de querer controlar todo y a todos. De necesitar siempre un por qué, un razonamiento y a la vez ser una desquiciada que vive saltando de situación-sentimiento anormal en otro aún peor. Y sobretodo tengo miedo de mis caprichos. Son lo más grande, fuerte, increible que poseo. Son mis tesoros, se podría decir. Necesito las cosas acá y ahora y probablemente sin esfuerzo alguno. No puedo resignarme ante un capricho imposible, ante una negación. Y si me veo forzada a hacerlo, me siento perdida, demente, angustiada, vacía, muerta. Lo que me llena y hace feliz realmente son los momentos en donde obtengo lo que quiero, pero al no ser por esfuerzo propio es una felicidad efímera y casi de mentira.
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