La veo bailar, vestirse y desnudarse para vestirse nuevamente y ocultar la pureza blanca de su esplendor efímero. Y otra vez se quita el sobretodo negro para dejar ver su hermosura. Y otra vez lo cubre, cansada de embellecer la mediocridad de los que nos arrancaríamos los ojos con tal de poder ser algo diferente por tan solo una noche. Esa belleza que parece mutar cada noche en pequeños saltos silenciosos, que se esconde jugando divertida e ingenua pero que esconde una perversidad maligna, una segunda intención que parece sumarse a mi propia angustia y a mis propios miedos e inseguridades que ella jamás verá. Yo la engaño cada noche con ella misma, con una nueva versión de ella misma que me confunde y se rie maliciosa de mi culpabilidad idiota. Se rie danzando y ocultándose entre las nubes veloces que se entrelazan formando un velo que lo único que hace es enaltecer su celestial hermosura. Y eso que me lastima y que me perfora se transforma paulatinamente en una compañía necesaria y rutinaria, en la inercia de mirar por mirar, soñar por soñar, callar por callar. Hablando de forma sin fondo alguno. Y termino por aburrirme, cansarme de eso que podría haberme matado y vuelvo a resurgir en un tiempo lejano, que supo encontrar la forma de robarse mi cuerpo y mi alma y mis ganas de proyectar al menos un escape digno, como si tal cosa realmente exista y como si tal cosa realmente me importara a mí, sumergida en el vacío, en la nada, en la necesidad de una pequeña particula de amor verdadero.
Vuelvo a la tierra y me concentro, me divierto o simplemente camino en línea recta hasta algún pequeño banco donde sentarme y descansar, observo los pequeños y mediocres cuerpos terrestres que producen sonidos y caminan torpes pegados a un suelo gris y completamente visible o cierro mis ojos y recuerdo otros tiempos mejores (pero los recuerdo sin ganas de volver a vivirlos, con una secreta satisfacción de ya no estar perdida entre ellos).
Y luego de un año entero de no mirar al cielo, vuelvo a alzar los ojos y la veo. Desnuda, atemporalmente hermosa. Es perfecta, ¿cómo pude aburrirme de ella? Visto desde este ángulo ya no tiene sentido mi apatía.
Quiero absorver toda su belleza en el menor tiempo posible y me lamento y me castigo por haberme estado perdiendo su encanto por un mero capricho idiota, por mi manía de buscar novedades y jamás conformarme con nada que me haga simplemente feliz. ¿Por qué no puedo aceptar y bañarme con la belleza del mundo sin cuestionarla, sin observarla fríamente buscando sus grietas y una vez estás descubiertas agrandarlas hasta que se conviertan en enormes agujeros negros llenos de vacío y dolor? Y no era alegría, ni siquiera era alegría y conformismo sino todo lo contrario.. era una flecha que señalizaba mis errores y los agigantaba al punto de volverse insoportables y yo -que jamás pude soportar absolutamente nada sin gritar y correr y morir durante largo tiempo- caí en la trampa que yo misma coloqué en mi camino. Me aburrí del mismísimo dolor. O más bien lo negué, di vuelta la cara y miré otro punto perdido en el infinito sin mirarme a mí, tan dura y desconsolada que todo el mundo creía que estaba pasando por mi mejor momento y que la felicidad empañaba mis ojos ciegos, que yo realmente podía llegar a cambiar y que podía llegar a amar algo en este mundo, algo mediocre, algo lógico y coherente guardado en una pequeña caja cuadrada sin colores ni luces. A veces creo que felicidad es solo otro sinónimo para ignorancia.
Y alzo los ojos y ahí está, sigue descubriéndose para mí, asoma un hombro y luego el otro, después desnuda en un descuido su vientre blanco imperfecto, las cicatrizes negras de otros dolores antiguos, de otros tiempos que ya no existen y quieren mantenerse vigentes en un lienzo ilimitado repleto de historias y novelas fantásticas. Y un sexo suave impenetrable, inalcanzable e inasible que provoca en la distancia infinidad de imágenes, sonidos, aromas, tardes que en su ausencia iluminará con despistada armonía. Las manos transportando el silencio y de aquí a allá y de vuelta aquí, siempre aquí. Despierta en la noche eterna y muerta en la vida sórdida que opaca la belleza de lo que no podré volver a ver jamás, (por primera vez).
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