Encandilada, obnubilada. Una lluvia de colores salpicados esporádicamente sobre el lienzo, creando formas nuevas que traían recuerdos de un campo de trigo, de una mañana fría con aroma a leche hirviendo y camisas planchadas. Sobre el río, la brisa acariciaba suave e imprecisa, tal vez intrascendente para la mirada lejana, para los perros que jugaban distraídos en la orilla y para el mundo funcionando, bien o mal, en otro plano. Lejos de aquí. Muy lejos de mí. Y penetraba la misma brisa, endurecida por mi debilidad eterna. Perforaba con su fuerza subjetiva mi pecho, mi vientre, mi piel cortajeada y repulsiva, mis manos culpables (siempre culpables) de atrocidades divinas.
Supe tocar la hiel y bañarme en ella. Matar dulce y delicadamente y luego creciendo proporcionalmente con el crecimiento de mi rabia insoportable. Descuartizar con ganas el cuerpo que me somete en silencio aún, en la muerte misma me sigue esclavizando sin siquiera poder mirarme con sus ojos de austeridad y de secreto morbo satisfecho (por mí, ¿por quién más si no? desagradablemente única).
Mi sensibilidad siempre fue mi perdición. Perdida estoy y la brisa me desangra imperceptible, enloquece mi centro y no logro mantenerme en pie.
Sigue siendo todo igual, estático pero malicioso.
Sin embargo yo no estoy igual. No veo un refugio en el ocio ni en la locura, cada segundo es un siglo y la desesperación real es saber que no necesito nada para cambiar esta tortura infecciosa. No existe una acción concreta que pueda arrancarme de esta monotonía agonizante. En nada puedo soñar, de nada sirve la fuerza que imprima en crear un paraíso en algún escondite de mi mente al cuál aspirar, por el cuál sufrir y rogar. No quiero recuperar la gloria, no quiero una recompensa por mi frialdad asesina, no quiero compasión, miradas ausentes, lejanía, abandono. No quiero nada más que un verdugo y el filo rozando la piel tersa de mi cuello.
El cambio es una ilusión muerta y ni siquiera puedo refugiarme en la gloriosa tarea de culpar algún factor determinado por la resolución de los hechos tal y como son ahora. No, no puedo culpar y no puedo imaginar. No puedo salir de esta habitación ocura y amenazante. Es como si todo lo que hoy veo fuera exáctamente igual a como era ayer, sólo que con una oscuridad inmensa que lo cubre, con un doble sentido que nadie percibe un laberinto secreto de ramas con espinas y gritos de dolor completamente tapado por la cotidaneidad de lo ubicado hace siglos en el mismo espacio.
¿Cómo explicarlo sin sentirme una demente? Lo soy, pero... ¿cómo hacer para no sentirme así? ¿Cómo escapar de la certidumbre que me hiere si soy completamente conciente de todo? No puedo excusarme con nada, soy conciente de todo. Lo acepto, lo disfruto, lo repito una y otra vez. Y me consumo, me destripo, me anulo. Una y otra vez.
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