14.3.11

Me estuve yendo por las ramas de mi sensibilidad, al fin.
Tu mano yacía inerte sobre el escritorio, dormida y abandonando lentamente la birome que una hora atrás tuvo vida entre tus dedos, creando párrafos inmortales sobre el papel amarillo. Fueron minutos largos en silencio, que no era en realidad silencio ya que en mí se oía esa constante incertidumbre, esa pregunta insistente sobre lo que vos estarías pensando y en vos se sentía later un circo de posibilidades, ecos ensordecedores, tambores, un piano desafinado, maullidos de gatos y tacones en el piso de madera, tal vez una campana determinando el paso del tiempo en tu desorden que es el propio orden en que se entienden los colores y el café amargo frío en un rincón del suelo, que en un rato después derramarás, siempre tan predecible en tu caos de mujer rechazada y ausente por elección propia. Esa mano desnuda y suave que en su sueño hablaba y danzaba, que se cortaba con el aire que entraba furioso por la ventana semiabierta y probablemente entre la selva ruidosa onírica que se escondía tras tus ojos cerrados, vos sentías ese dolor, ese frío, esa realidad que eramos la habitación y yo, y conmigo mis preguntas, mis mentiras. Tu boca sonreía, o yo quería que sonría, para creer que estabas realmente ausente y lejana, que disfrutabas de tu castillo y tus leones domesticados, de las rosas, los lagos, el sol entre dos nubes blancas de algodón de azúcar y tu vestido, que era el mismo que usabas hace años, cuando aún salíamos de esta habitación y nos internábamos hasta las seis de la mañana en fiestas y bailes con sonrisas doradas, tan alejados del silencio que no lo conocíamos, que no lo entendíamos. Yo no sé en qué momento fue que nos agotamos, gritamos y lloramos, corrimos a las tiendas a gastar en café y frazadas en vez de entradas para el teatro y nos internamos en los sueños, en tus siestas, mis escapadas achicándome peligrosamente hasta conseguir escurrirme entre los candados y las rejillas. ¿Qué pensarías de todo esto? Y de mí.. ¿qué pensarías de mí? Yo siempre con mi discurso inamovible de lo insignificantes que somos, decís, y yo respondo. El viento llega hasta mi alma y yo río porque sí soy lejano, sí soy feliz cuando vuelvo y veo que nada ha cambiado realmente. Yes, yes darling, siempre seremos nada y siempre tendrás que luchar contra eso y contra mí, entre lágrimas y sueño, frío y camisas manchadas. Para vos esto lo es todo, si sonrío o si callo, si me voy o si vuelvo, si hay o no hay comida en los cajones, si nos miramos, si nos besamos. Esto es el mundo entero y sus enigmas, esto es vida y es muerte siempre a la misma hora, es amor y es dolor y es aire viciado de locura irreal. Para vos esta construcción es la propia realidad, esta habitación es el Edén y yo tengo todas las funciones de un Dios. A veces me confundo y te creo. Ahora tu mano en sueños me señala y me reprueba; yo comprendo que no estás tan lejos ni tan ausente, que aunque yo no esté me ves y oís mis preguntas silenciosas, mis reproches ocultos, que quizás esto sí sea un todo, una realidad, una verdad, que estando dormida me convencés de ese todo y me decís sin palabras, me tocás sin moverte. Cuando no me ves es cuando más me juzgás, sos mi testigo ausente, sos mi factor modificante externo pero interno porque estás aferrada inexorablemente a mí, a mis movimientos y decisiones, a mis sofismas de domingo por la mañana y tu movimiento afirmativo de cabeza y la lágrima suicidándose en tu mejilla.
Me estuve alejando ciégamente de tu mano que ahora se quiebra formando un hueco, dejando pasar ese aire que renueva mis pensamientos, entre tus dedos largos, dedos que me conocen todo entero y me desnudan así en la distancia, inútiles.

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