17.3.11

Hace semanas, meses, años o siglos que me enamoré.
O tal vez sólo haya sido este segundo, este mirarte repentino que me hizo enamorarme de repente, que me transladó a otro espacio y otro entender de lo que siempre estuvo latente en mí. Sabrás mejor que nadie a qué me refiero, siendo vos la que me enseñaste sobre la subjetividad del tiempo y sobre lo poco que importa. Las fechas, las alarmas, los aniversarios y los calendarios, todos integrando el cúmulo de deshechos inservibles que acumulaba en mi alma, risas de por medio y ejemplos penosos de personas cercanas a nosotros, efemérides que nos sorprendieron tantas veces con las manos vacías y los ojos cansados. El pasado: ¿dónde empieza y dónde termina? ¿Qué modifica? ¿El presente qué es, este minuto o este segundo o jamás podremos determinarlo? ¿Cuál es su duración, su cuerpo, su energía? ¿De qué hablamos cuando proyectamos a futuro? ¿Cuándo empezamos a vivir el glorioso futuro que planificamos tanto, cuándo llegamos al paraíso prometido, este segundo que comienza o el año que viene tal vez? Hace tiempo (sí, aquí otra vez) que ya no pienso en estas cosas, más bien se podría decir que desde que te conocí soy anacrónico, un ser flotando en la nada de la desubicación y deslocalización constante, perdido en no sé cuantos días, no sé cuantos meses de inutilidad aparente, fuera de época, inadaptable. Podría haber sido ayer, o tal vez mañana cuando te vea lo comprenda mejor en tus ojos, en tu compañía que no depende de relojes y cronogramas, de encuentros programados y llegadas tarde con suspiros ofendidos, que no comprende de reproches, recuerdos, experiencias, bien, mal, intencionalidad o descuido. Y el mañana que anticipo que puede ser el Jueves que viene, o puede ser en unas horas, siendo esas horas veinte años cada una o un laberinto desdibujado en el fondo del tren que me deja en el árbol donde besé tus labios por primera vez. ¿Quién afirma que alguna vez te besé realmente y que no fue un espejismo maligno con lazos invisibles y promesas de nube? Solo es mío este recuerdo, esta arma obsecuente del paso del tiempo a la que aferro mi libertad, paradójicamente esclava de tu cosmovisión. Pero vos... vos me enseñaste todo lo que sé sin saberte involucrada, en tu naturalidad inocente, en tu andar silencioso e iluminado. El sol dando vida a su paso a todo lo muerto y abandonado por seres muy parecidos a mí. Y hoy: el hoy del mañana, del ayer o del mes pasado, el hoy que es este segundo que se fue y adios, hasta luego a un nuevo hoy que nunca se demora en llegar, hoy que te tengo mía y rendida ante lo que siempre soñaste y soñó tu aura, entregada a la luz que sos vos en tu totalidad, en tu complejidad y en tu esporádica manía de moverte de un lado al otro, de nadar en el océano de las semanas perdidas, de la duda, del por qué, de la desgracia autoinfligida y autocomplaciente, de la ambivalencia eterna. Hoy que también mirás mi luz y me ves, entero me ves, dormido me ves, sonriéndo me ves.
Mañana que olvidás, que recomenzás, que soltás de repente abriendo tus manos torrentes de besos transparentes y palabras no tanto, y risas y llantos, y yo observando como los vecinos están sorprendidos ante el circo de objetos inanes que se chocan en el cielo con un perfume a vos que se sumerge en el café de las mañanas, que penetra mi alma que te espera como ayer, como hoy, como tal vez siempre lo hizo y siempre lo hará. Un mañana que también es tuyo como mío, como es de los dos y para los dos. Es imposible pero no lo es tanto porque te beso y te siento cercana a mí, a mi corazón y a mi piel que es la tuya, que ya no es mía como nada lo es, como todo yo soy tuyo y mi mundo lo es. Vivo cuando me ves y muerto cuando dormís pegada a mi pecho sobre un colchón gastado, vivo en tus besos, en tus palabras, en tu respirar. Esclavo y dueño de todo, de lo que existe y de lo que aún no o tal vez si exista ante tus ojos, tus ojos que todo lo ven y todo me lo entregan así, como un tesoro envuelto en verdad. Yo todo lo poseo porque acá estás vos, libre y rebelde, luchando y riéndo, siempre anhelando algo nuevo y diferente sin saber ni entender que vos sos el sol, el centro, el principio y el fin. Ignorante de que sos mi aire, mi lugar y mi hogar y que así, en tu ignorancia divina y en tu sonrisa que es el hoy y el único presente posible, me otorgás las llaves, los caminos, los árboles, las flores, el cielo, el mar, la tierra; así sentada mirando un punto rojo o verde en la pared, sin saberlo estás creando mi paisaje, mi fuerza, mis manos, mi entero espíritu así como mis miedos y mi locura. Atado por placer a la competencia que es la misma recompensa y el saberte protagonista de mis ojos y mis paseos por la orilla bajo el sol. Vos, sol.

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