12.12.10


Era una tarde de lluvia sin colores pero ahí estabas y tu presencia era el arcoiris que yo necesitaba. Me saludaste y sentí que el silencio de la calle se quebraba y nuestra escena -imperceptible para cualquiera que no fuera yo- se ambientaba suavemente con una música digna de una película romántica como las que suelo ver en mis noches de soledad. Entramos a un Café; que instantáneamente y gracias a mi siempre poderosa pero infantil percepción de la realidad, se convirtió en un refugio perfecto donde sentarnos, mirarnos las caras y hablarnos de amor. Elegí una mesa al lado de una ventana y vi como lo gris de la calle contrastaba con los colores de tu cara y de tu ropa y me divertí un poco creyendo que toda la gente alrededor notaba lo mismo que yo y que compartían mi dicha: mi inmensa.. mi insuperable dicha de estar ahí con vos. Mi corazón latía velozmente y mis manos anhelaban tocarte, solo deseaba que prolongaras el poco tiempo que teníamos pensado pasar juntos en días, meses, años... en toda una vida juntos. Cualquier cosa que me propusieras hacer iba a estar bien para mí. Cualquier cosa que quisieras me iba a hacer feliz, mientras fuera conmigo. Siempre fue tan fácil para vos ilusionarme, o más bien siempre fue fácil para mi imaginación agrandar los pequeños detalles y transformar cada encuentro en una historia hermosa que jamás termina, en la que somos uno solo unidos por algo más fuerte que pasión, algo más fuerte que amor, algo innegable y perfecto que se mantiene a través del tiempo y el espacio. Y esa tarde tuve un nuevo momento de gloria y pude sentir que una vez más estabamos rodeados por una cápsula transparente que nos separaba del resto del mundo como por arte de magia y que una vez más no quería que ese momento terminase nunca: quería detener el tiempo, congelar para siempre ese momento y que mi corazón de papel pudiera al fin descansar en paz sin más angustia y paranoia. Pero eso no era posible. Me aparté un momento de mi propia imaginación y te escuché atentamente. Me dijiste que conociste a alguien, que no hace mucho tiempo pero que te parece que podría ser alguien con quien tener un futuro, algo sólido, algo serio. A decir verdad solo te faltó decirme: "alguien con quien tener lo que no quiero tener con vos". Y me preguntaste si lo entendía porque, después de todo, nosotros habíamos tenido una historia juntos. Tiempo pasado... para vos soy tiempo pasado. ¿En qué estaba pensando cuando decidí volver a verte? ¿Todavía no había aprendido nada? ¿Creía que esta vez sería diferente? Es así. Siempre hay alguien más en tu vida. La historia se repite y ya no es solo una mujer con la cual debo forzarme a competir sino millones, son incesantes desfiles de damas corrientes o bellas que opacan mi frágil existencia en tu vida... no importan sus nombres ni cómo sean ni cómo te traten, necesitás con todas tus fuerzas estar con alguien más que yo. Alguien más... La lluvia paró y el contraste tomó otra dimensión: ahora nosotros eramos las figuras grises; eramos gárgolas tristes mientras que afuera el sol reinaba y los infantes salían a correr por las calles despreocupados y con sonrisas que perforaban mi alma como cuchillos mortales. ¿Quién era esta vez? ¿Quién podría ser capaz de en tan poco tiempo significar tanto, que veías imperiosa la necesidad de contármelo a mí? ¿Qué mujer justificaba que tomaras mi corazón y lo aplastaras contra el asfalto? No importa, ¿qué importa? No tenía que ser nadie, cualquiera era suficiente para destronarme. A decir verdad... ¿Qué lugar estaba ocupando yo? ¿Quién era yo? Nadie, no existía, no significaba, no modificaba. Los sueños que me hacían feliz no eran más que eso: Sueños. Fantasías. Entonces por lógica, cualquiera era digna de un futuro al lado del hombre del cuál estaba enamorada, menos yo. Te respondí con mi mejor sonrisa que me alegraba por vos, una vez más, y me creíste. Tu falta de interés en mí hizo que me creyeras. En ese momento agradecí tu ceguera, maldecí la mía y me largué de allí.

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